domingo, 29 de noviembre de 2015

Nuestro Black Friday patrio



Son cosas de la Globalización rampante, en Europa o España se popularizan eventos como Halloween o el Black Friday y en EE.UU. triunfan las torrijas en Semana Santa (bueno, a lo mejor no, pero molaría).

Lo más reciente, de lo que aún estamos padeciendo sus últimos coletazos, es el invento del Black Friday ¿Y qué narices es el Black Friday? Muy fácil: Se trata de un día, viernes por más señas (lo de friday es lo que tiene), en el que los comercios rebajan sus precios significativamente de cara a aligerar lo acumulado en sus almacenes, proveerse de dinerito fresco y disponer de más espacio y recursos para afrontar la Campaña de Navidad con mayores garantías de éxito.  Ni que decir tiene, hay muchos comercios que aprovechan para hacer trampas (inflan los precios antes, para luego dejarlos como debían, ofrecen artículos de ínfima calidad o sacan de las catacumbas todos los productos averiados o defectuosos).  El caso es que, poco a poco, se va implantando en nuestros lares, como cualquier otro acontecimiento con soporte mediático.  Todavía no sé si es bueno o es malo pero en cuanto a nivel de aborregamiento estamos en la media.

Transitamos con paciencia y dignidad (al menos lo intentamos), por “esos días difíciles” que preceden a las campañas electorales; ni es la Campaña propiamente dicha, ni es la precampaña (el resto de la legislatura); en estas fechas, todos los candidatos van desgranando sus propuestas electorales sin, eso sí, poder pedirnos el voto, que, como la virginidad para la noche de bodas, es un atavismo que se reserva para los últimos 15 días.

Unos y otros (bueno, eso era en los tiempos del bipartidismo, ahora sería unos y otros y otros y otros…) se lanzan por el tobogán vertiginoso de las propuestas y promesas propias, además de la descalificación de propuestas y promesas ajenas y no hay día en que no nos veamos asaltados en nuestra propia casa por gritos rastreros (de rastrillo, ojo, cuidado) sin medida: “Bajaré el IRPF 2 puntos”, “Daremos una renta mínima para todos”, “Garantizaremos los servicios públicos” o los ya clásicos “Crearemos 20 millones de puestos de trabajo” o “Haremos una nueva Ley de Educación”.  El caso es que los niños llevan días sin querer salir de su habitación y el gato se ha hecho fuerte debajo del sofá y no hay quien lo saque.  Esta es nuestra particular versión del Black Friday, que bien podría llamarse Black cuatrienio o Black decenio y, por supuesto, la nómina de tramposos desplegada por calles, plazas, radios, televisiones y redes sociales, dejaría en un grupo de virginales querubines a toda la tropa acuartelada en el Patio de Monipodio.

Igual que en las clásicas Rebajas o en el Black lo que sea, conviene tener muy claro qué es lo que se necesita, lo que queremos comprar, quién nos ha engañado antes y cuál es nuestro presupuesto.  Que luego es muy jodido estar cuatro años mirando con ojos bovinos el extracto flamígero de la tarjeta de crédito o las resoluciones aberrantes del Consejo de Ministros.  Avisados estamos.




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