martes, 15 de agosto de 2017

Del Bobierno, el Prat y Eulen


Iba a empezar ese artículo señalando lo asombroso de este gobierno de Rajoy, cómo ha sido capaz de superar con holgura mi amplia capacidad para la sorpresa y, atendiendo a la gestión de los conflictos en general y a la huelga de vigilantes del aeropuerto del Prat en particular, constatar su patente incapacidad y torpe ejercicio de sus teóricas responsabilidades; para rematar el texto, en un alarde de ingenio, calificando como Bobierno al gabinete del Registrador con ínfulas que rige nuestros destinos pero, ¿tendría razón o yo también habría sucumbido a su engaño?

Veamos, para acusar al ¿Bobierno? de dejación de funciones, habría que conocer previamente cuales son estas. Si, como determina la Constitución, su objetivo es velar por el bienestar de los españoles, sin distinción de ningún tipo, tendríamos certeza para asegurar que incumplen sobradamente su cometido, que son unos incapaces de manual y que su atribulada gestión no hace sino minar el escaso bienestar que nos pueda quedar (en el pasado tampoco alcanzamos cotas tan altas pero la sensación subjetiva era positiva) y va tirando por un desagüe sin retorno todos los derechos conseguidos en décadas de lucha, tanto en el ámbito laboral como ciudadano.

Ahora bien, ¿qué sucedería si su objetivo fuera poner el tobogán a favor de la clase más favorecida, de, mediante subterfugios (poco o nada disimulados), poner los fondos públicos y nuestro patrimonio al servicio del mejor postor, de garantizarse un blindaje económico personal a través de gabelas (mamandurrias, lo llamó la ínclita Aguirre) de las que dispondrían sin límites en otras latitudes menos exigentes (y ya es decir) en materia de impuestos? Sucedería que tardaríamos un par de horas en ser capaces de volver a parpadear porque, lejos de lo que pensamos, no son nada tontos, son especialmente listos; su gestión sigue a rajatabla el guion establecido por la gran patronal, el entramado financiero y los lobbys internacionales, en definitiva, los diseñadores de estrategias de vaciado salvaje de las arcas públicas. Serían fieles lacayos de sus amos y, nosotros, unos simples figurantes sin frase que, como aquellos desgraciados porteadores de las películas antiguas de Tarzán, estamos destinados a despeñarnos con nuestro fardo sobre la cabeza, a poco que la cámara nos enfoque.

Entonces, el regalo de un órgano tan rentable como AENA, a manos privadas ansiosas de hacer caja (de seguir haciendo caja), no fue un torpeza, fue una jugada. La  concesión de la seguridad de los aeropuertos (asunto sensible donde los haya hoy día) a la empresa que haya hecho la oferta más ruinosa (para sus trabajadores) y más ventajosa (para los propietarios) no es una casualidad, obedece a una causalidad. Ahora hablamos de Eulen pero hay ejemplos calcados en cientos de edificios públicos y, desde aquí, mi apoyo más entregado y solidario con sus trabajadores. Es más, sé que es una molestia para los viajeros que, además, están sujetos a horarios rígidos pero, si por mí fuera, me iría ahora mismo al Prat a hacer unas cuantas horas de cola y contribuir a visibilizar las precarias condiciones laborales que sufren los trabajadores de Eulen. Por cierto, lo de mandar a la Guardia Civil como comando esquirol sí puede considerarse una torpeza de dimensiones cósmicas. Se han cabreado hasta ellos.


Lo habrán hecho, seguramente, para mantener esa imagen de Bobierno que tanto les conviene y de la que tanto jugo han sacado. No tienen engañados y nos dejamos...

viernes, 11 de agosto de 2017

De Alberto Garzón, Gaspar Llamazares, de honestidad política y traiciones


Vaya por delante que Gaspar Llamazares nunca me pareció el mejor líder que podía tener Izquierda Unida, no obstante, uno no está afiliado a un partido político por la mayor o menor afinidad hacia quien lo encabece en cada momento (se han dado casos), sino por identificación con el proyecto político que representa. Mis 29 años de militancia en IU, desde su fundación hasta su final, aún no oficializado, han respondido a ese criterio y, con mayor o menor acierto, siempre he estado a disposición de la organización para lo que considerase oportuno encomendarme.

También debo reconocer que vi con buenos ojos la incorporación de Alberto Garzón a la dirección de IU y su meteórico ascenso desde las filas del 15M malagueño hasta el Congreso de los Diputados. Lo entendí como un acierto de un buen hombre a quien admiro y me duele que se le haya tratado tan injustamente, me refiero a Cayo Lara e, insisto, aunque el tiempo ha demostrado después que nos engañó a todos, Alberto Garzón pareció ser una figura valiosa que reforzara las filas de IU.

Este semana, Gaspar Llamazares, en compañía de otro Garzón, en este caso, Baltasar, y el compañero de Leganés, Rubén Bejarano, han presentado un nuevo partido que, imagino, nace con la noble intención de transformar la sociedad desde la óptica socialista a favor de los más desfavorecidos; Actúa, creo que se llama, y Garzón, esta vez, Alberto, se ha descolgado con un cariñoso artículo en Diario.es, dando la bienvenida a esta nueva formación de izquierdas y saludando de modo muy afectuoso a Gaspar Llamazares, aún compañero de filas en ese ente desconocido que dice llamarse IU. El Garzón Alberto, pone en solfa la honestidad política de Llamazares y lo tilda de traidor a la causa ¿a qué causa?

No deja de tener su gracia que sea, precisamente, Alberto Garzón; quien aprovechó la efervescencia y pujante subida de IU en intención de voto para descabezarla y entregarla como muestra de buena voluntad y sumisión a un Podemos muy necesitado de la infraestructura que aportaba IU, tanto en implantación nacional como en cuadros muy formados, expertos y capaces. Lo hizo de forma soterrada, mediante acuerdos nunca confesados, sometiendo a la organización a más de una humillación y desprecio públicos y haciendo una pública “renuncia a Satanás, a sus pompas y a sus obras” para poder acudir ¿diluir? conjuntamente a las elecciones. ¿Es eso honestidad política?

Como en tantas ocasiones, la entrega de IU a Podemos, ni fue tan unánime como dijeron a la prensa y ni tan dócil como dijeron a Podemos. Concretamente, en Madrid radicó la “aldea gala” que se resistía como gato panza arriba a la pérdida de identidad. No podía entregarse IU a Podemos si en la bandeja faltaba su buque insignia, Madrid. A grandes males, grandes remedios: Primero de “desfederaliza” a IUCM, se le vacía de representatividad jurídica, se toma posesión de su dirección, se “refunda” y aquí paz y después gloria. Perdón, se me olvidaba, como a ellos, un pequeño detalle: los 5.000 militantes de IUCM a quien se dejó en el limbo (en la práctica fuimos expulsados en bloque) para exigirnos una reafiliación, con aceptación explícita de la nueva realidad, si queríamos seguir siendo militantes. ¿Eso no es una traición?

Creo que, con sus antecedentes en IU, escasos pero intensos, Garzón, en este caso Alberto, debería ser más comedido a la hora de administrad adjetivos hacia quien ha optado por la única salida honrosa que ha visto para seguir defendiendo unas ideas políticas.


Para hablar de Honestidad Política y Traición, primero hay que mirarse en un espejo y ver qué imagen refleja.

jueves, 10 de agosto de 2017

Despacito


Vale, de acuerdo, como canción es una mierda. Una música ramplona, simple y repetitiva y una letra repleta de “ingeniosas” metáforas explícitas que buscan echar un polvo. Ya está.

No entiendo el tsunami de tinta dedicado a escribir sobre esta castaña musical, canción del verano lo suelen llamar. Me sobrepasan las toneladas de saliva malgastada en hablar de una tontería que ha tenido la suerte de aparecer en el momento apropiado en el lugar preciso y hacer multimillonario a su autor. Alucino con el debate sesudo (¿en este caso, cabría decir sexudo?) sobre el machismo descarado de su letra. Dudo del futuro del ser humano cuando soy testigo de encendidas discusiones sobre si la bazofia de marras es reggetón (del bueno, dicen algunos, que es como decir “ha tenido un infarto de primera calidad”) u otro estilo musical, cómo si nos importara, cuando lo único que queremos oír asociado a ese engendro es un “esta grabación se autodestruirá en 5 segundos”.

Vivimos en un país donde los empresarios regatean a sangre una mísera décima de subida salarial, cuando, por causa de la mal llamada Crisis, se están llenando los bolsillos con los mayores beneficios empresariales de la historia a costa de los riñones de los neoesclavos promovidos por la Reforma Laboral que nos llevó a los años 50... del S XIX. Pero hay que hablar de Despacito...

Estamos viviendo en una sociedad que, en todos los países, no solo en España, está sumergida en el profundo atavismo de emplear la violencia cuando no se tienen argumentos, sobre todo en casos de violencia machista o infantil, que son aprendidas e imitadas por individuos con un Cociente Intelectual similar a una ameba, y difundidas por las redes sociales sin más castigo que un “niño, eso no se hace”. Pero el debate está en Despacito.

Tenemos a dos enajenados peligrosos al volante de países con poder de destrucción nuclear, dos zumbados a quienes gusta la fanfarronería de vacilar y amenazar al otro y, como hemos visto tantas veces de chavales, por no ser el primero en recular delante de su clac, son capaces de llegar a las manos, en este caso, a apretar botones rojos que no deberían existir, con consecuencias fatales para toda la vida en el planeta, ya sea inteligente (eso estaría por ver) o no. Distraigamos la realidad con Despacito.


Y va el personal y entra al trapo...  es todo tan frustrante.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Cómo escribir una historia de miedo:


Dicen que es más difícil hacer reír que llorar y no les falta razón: para hacer llorar basta con ponerse a picar cebolla, que hay gente que se ha deshidratado por los ojos y solo han encontrado un cuchillo encima de un charco sospechoso y han tenido que analizar el líquido para, mediante el ADN, determinar que se trata de fulanito, desaparecido desde el día de autos. Que esa es otra, cuál es el día de autos y qué se conmemora ¿tienes que hacerle un regalo a tu coche o basta con echarle gasolina de la buena? Bueno, a lo que iba, que hacer reír es difícil y ya está, salvo que quieras hacer una historia muy triste o de miedo y no te salga como debiera, que la gente se descojona y tú acabas disimulando y diciendo que lo has hecho aposta.

Yo, desde hace tiempo, tengo pendiente escribir una historia de miedo o, al menos, inquietante, pero no lo he hecho porque me da miedo. Paradójico ¿verdad? Hoy me he decidido y lo voy a intentar. Para no pillarme los dedos con lo de las carcajadas imprevistas, la empezaré como una historia de humor y luego, poco a poco, le iré dando un giro hasta llevarla al terreno del terror. O no, ya veré.

Definamos. Para dar miedo, como para hacer reír, hay que plantear elementos que distorsionen una situación convencional hasta sacar al lector de su zona de confort e irlo envolviendo en una atmósfera pesada y agobiante. Con los personajes sucede lo mismo, en principio deben ser de tipo normal y corriente, sin ningún rasgo visible que les haga especiales pero con algo oscuro y tortuoso, solo levemente sugerido, que anide en el cerebro del lector y vaya adquiriendo vida propia a medida que avance el relato. Solo así conseguiremos el efecto pretendido, sembrar una inquietud imperceptible e irla modulando a voluntad.

Hay unos contextos más cómodos que otros para lograrlo: normalmente, la oscuridad de la noche suele ser un buen caldo de cultivo para ese objetivo aunque, como he definido en el párrafo anterior, a plena luz del día y con todos los elementos que componen la historia a simple vista, los giros súbitos suelen ser más efectivos y sorprendentes; de noche te esperas algo, a las 11 de la mañana de un día soleado, crees que lo ves venir todo y un buen golpe, por inesperado, tiene secuelas dolorosas. Además, al contrario que en el cine, por ejemplo, un texto no va acompañado de música, salvo que la ponga el lector y va a ser difícil que acierte; ni efectos sonoros que predispongan el ánimo a favor o en contra de un personaje concreto o determinada situación; hay que trabajárselo con palabras y es complicado.

Una vez completado el catálogo de mimbres, hay que decidir qué hacemos con ellos ¿un cesto, una mesa, una funda para una botella, un sillón? Es la decisión más importante y la que marcará el devenir de tu relato, para bien o para mal.  Podemos decantarnos por el terror sicológico; tirar del bestiario clásico de monstruos o inventarnos uno que sea abyecto y cruel en cualquiera de sus dos opciones: bruto implacable o inteligente y refinado. También hay versiones que se decantan por lo desconocido, tipo extraterrestre, el más allá, o lo cotidiano, tipo vecino sicópata; da igual, lo importante es su efectividad y lograr ese difícil equilibrio entre las ganas reprimidas de abandonar la lectura, por las sensaciones desagradables que provoca, y las de devorarla ávidamente, preso de la emoción. Porque, no lo olvidemos, el miedo es la emoción más potente, el arma de que nos ha dotado la naturaleza para huir del peligro, conservar la vida y, por ende, preservar la especie.

Llega el momento de empezar a colocar las piezas en el tablero. Empezaremos por una mañana soleada de verano en un pueblecito costero. Durante las vacaciones, una madre se afana en aprovechar el ratito de paz que transcurre entre que ella se levanta y se despiertan los dos niños, para desayunar con tranquilidad, recoger un poco, quitar trastos de en medio y, si se le ha dado bien, leer unos minutos. Desde que enviudó, hace dos años ya, el tiempo parece que corre más lento y le cunde más. Qué remedio, ha de multiplicarse para poder atender a los críos como debe, ir a trabajar a diario, hacer compra, comidas y todas las tareas que antes hacían entre dos, pero en una versión resumida y optimizada. Ahora, durante las vacaciones, saca todo el partido posible a los ratos perdidos para dedicárselos a sí misma, su cuerpo, pero sobre todo su mente, aún zarandeada a ratos por el trauma que supuso la repentina muerte de su pareja, se lo agradecerán.

Para dar verosimilitud a cualquier relato, los personajes han de tener nombre. El nombre nos acerca a ellos, a su vida y su realidad, aunque sean inventadas, y prepara el terreno para establecer vínculos emocionales que, con personajes anónimos, sería mucho más difícil, por no decir imposible. La madre se llamará Inés ¿por qué? No lo sé, es el primer nombre que me ha venido a la mente. Los niños serán Sergio, el mayor, de 8 años, que se llama como su padre, y Tomás, de 6 años, que heredó el nombre de su abuelo materno, fallecido durante su embarazo, el perro, un callejero muy salao, se llama Godo, de Godofredo. El resto de personajes, si los hubiera, recibirá nombre según vaya apareciendo en la historia, que todavía no sé cómo se desarrollará y, como suelo hacer, irá creciendo hacia el lado que ella misma quiera ir, limitándome yo nada más que al papel de amanuense con galones.

Nos habíamos quedado en que era una soleada mañana de verano en un pueblecito costero, del Cantábrico que tiene más carácter. Como los niños acostumbran a levantarse tarde, Inés devora las páginas de su e-book con hambre, qué digo con hambre, con ansia. Uno de los momentos cumbre de la novela, cuando se va a desvelar la trama, es interrumpido por el estridente chirriar de la puerta de la habitación de los niños, por donde aparece Sergio frotándose los ojos con la mano derecha y rascándose el culillo con la izquierda.

-Mamá, quiero desayunar- dejó caer, a modo de saludo, con la voz ronca después de los gritos y risas de la noche anterior.
-Ahora mismo ¿se ha despertado ya Tomás?- Preguntó Inés mientras colocaba la tapa rosa del e-book.
-No, sigue dormido como una almohada, y Godo también- A Sergio le encantaba hacer comparaciones y se pasaba el día haciéndolas. A veces eran acertadas, a veces no.
-No te lo creas, Godo está detrás de ti moviendo el rabo; has hablado de desayunar y él dice que también quiere.
-Prepárame el colacao y Godo, si quiere, que coma pienso, que se está volviendo más señorito que un... señorito
-Vale, despierta a tu hermano mientras caliento la leche
-Voy

Inés se levantó del sillón con agilidad y entró directa en la cocina que, es lo que tienen los apartamentos de vacaciones, das tres pasos y te has pasado la cocina de largo. Sacó la leche de la mini nevera y dos tazones desportillados del mueble, los llenó casi hasta arriba y los puso a calentar en el microondas. En esas estaba cuando Sergio volvió a aparecer.

-Que no se despierta, mamá
-Cómo que no se despierta, ya verás tú si se despierta: ¡Tomás, te quiero en la cocina a la voz de ya, que son las 11 y media de la mañana!- Dijo con autoridad levantando la voz.

Ni Tomás ni Godo, que se había subido a su cama y apoyado la cabeza en sus piernas, movieron un músculo. La madre entró y se sentó en la cama del niño.

-Godo, baja de ahí ahora mismo, que te tengo dicho que no te subas en las camas, que me pones la colcha llena de pelos- Ordenó Inés. -Vamos, Tomi, remolón, levanta que se te va a juntar el desayuno con la comida- reclamó amorosa mientras acariciaba el pelo del niño, que no reaccionó. -¡Tomi! ¿Estás bien?- exclamó más que preocupada, y empezó a zarandear a la criatura que no respondía a estímulos.

El perro, solidario, comenzó a gemir y llorar lastimero, lo que no hizo sino poner más nerviosa a Inés, que lo echó de la habitación con un gesto. La madre trató de adoptar decisiones con frialdad pero no podía, le asaltó el recuerdo de su marido, sin pulso en la cama, también una mañana de verano, y rápidamente asió el brazo de la criatura, con firme delicadeza buscó los latidos junto a los tendones de la muñeca y exhaló un suspiro de alivio cuando notó las pulsaciones en la yema de los dedos. Estaba vivo pero ¿por qué no despertaba?

A Sergio, testigo de toda la escena, se le habían olvidado el hambre, el desayuno y las comparaciones; solo miraba en silencio apoyado en la puerta abierta del cuarto.

-Cariño, tráeme el móvil- Trato de pedir Inés impostando serenidad aunque un temblor ingobernable de la voz la delataba.

Escasos segundos tardó en aparecer el crío con el teléfono de su madre quien, en un gesto eléctrico, se lo arrancó de las manos y marcó varias veces hasta que acertó con el 112.

-112, buenos días, le atiende Sara ¿en qué puedo ayudarle?
-El niño, que no se despierta
-Cómo que no se despierta, sea más precisa, por favor ¿está dormido o ha sufrido un desvanecimiento?
-Está dormido, o lo estaba, no lo sé. He venido a despertarle y no reacciona, tiene pulso pero no...

Inés enmudeció. Tomás continuaba tumbado boca arriba, en la misma postura, sin hacer un solo gesto pero ahora con los ojos desmesuradamente abiertos fijos en un punto indeterminado del techo.

-... Ha abierto los ojos
-¿Ya ha despertado?
-No, no lo sé, no reacciona
-¿Qué edad tiene el niño?
-6 añitos
-Tiene toda la apariencia de ser un virus nuevo que está afectando a mucha gente. Denos su dirección y le enviamos un Equipo de Intervención Rápida.
-Aha...

Ya sin palabras, la mujer comprobó que el perro también permanecía inmóvil, hasta su cola inquieta, de latigazo incontrolable, estaba relajada sobre la alfombra. Trató de tragar saliva pero no pudo.

-El perro...
-¿Calle del perro?
-No, el perro también...  calle de la Montaña, número 3, bajo C. Dense prisa por lo que más quieran, esto pinta muy mal.
-No se agobie, señora. Ya van para allá. Si observa cambios reseñables, vuelva a llamar y pregunte por mí. Buenos días.
-Aha...

Sin desviar por un instante la mirada de su hijo pequeño, y su perro, inmóviles, con los ojos muy abiertos pero sin un mínimo parpadeo, Inés pidió a Sergio que le trajera del baño el frasquito de las lágrimas artificiales que usaba con las lentillas. Por una parte evitaría que se le resecaran los ojos a Tomás, también al perro, y de otra mantendría al otro niño ocupado para que no se relajara y, con la inactividad, corriera la misma suerte que su hermano.

-No las encuentro, mamá- Se oyó la voz del chico desde el cuarto de baño. Inés recordó que las había guardado en la parte de arriba del armarito para evitar que los niños jugaran con el frasco y se lo vaciaran, como ya había ocurrido antes. No le quedó más remedio que ir ella personalmente a buscarlo. -Ya voy yo, hijo- Respondió.

Fue y volvió como un torbellino en cuestión de segundos. A su regreso, con el mayor a su lado, comprobó que no había habido cambios en la situación de los “ausentes”. Vertió un generoso chorro de lágrimas en cada ojo de Tomás y, cómo no, los ojos de Godo también tuvieron su ración lubricante. Ninguno reaccionó al regalo recibido pero sus corneas, ya algo resecas, recobraron el brillo habitual.

Sergio, asustado por la inquietante inmovilidad de su hermano pequeño, se sentó a los pies de la cama e, inconscientemente, comenzó a acariciarle las piernas por encima de la sábana. Era un movimiento repetitivo y cadencioso que poco a poco le fue venciendo. Su madre miraba hipnotizada los ojos abiertos del pequeño de la casa y, a cada poco, ponía un par de gotas en cada ojo de la criatura, por un momento volvió la cabeza hacia Sergio y, ahí estaba, con la cabeza apoyada en la sábana que cubría las piernas de su hermano, pero completamente quieto ya.

-¡Sergio!- Exclamó Inés sin ninguna contención.
-¿Qué? Mamá- Respondió el hijo frotándose los ojos.
-¡Ahhh!- Suspiró la madre con alivio, y preguntó -¿Estás bien?
-Sí, tengo sueño
-Por favor, hijo, levanta de ahí y ni se te ocurra dormirte.
-Vale, mamá- Y con movimientos algo abotargados se incorporó.
-Ponte un rato la tele, hijo, así te entretienes.
-Vale, mamá- Contestó el niño, en un susurro dócil y pesaroso, mientras salía por la puerta.

Las situaciones de impotencia ponían de los nervios a Inés desde siempre, contemplar una escena que le preocupaba sin poder hacer nada, intentar resolver un problema cuya solución no estuviera en sus manos o no poder atajar una dificultad por encima de sus capacidades era algo por lo que le llevaban todos los demonios; si, además, en cualquiera de estos casos, se veía involucrado cualquiera de sus hijos, un velo rojo se posaba delante de sus ojos y su mirada se tornaba irracional e impulsiva. Este momento era todavía peor, no podía hacer nada pero es que no sabía qué hacer. Volvía a echarle gotas en los ojos abiertos de par en par, le tomaba el pulso de nuevo, ponía la mano en su frente por si hubiera cambios perceptibles en la temperatura, le zarandeaba suavemente mientras repetía su nombre en diferentes tonos, levantaba la ropa y rebuscaba por su hubiera algún bicho u otro animal que le hubiera picado, volvía a colocar amorosamente la ropa y vuelta a empezar. Todo mientras unas lágrimas silenciosas con sabor a desesperación resbalaban por sus mejillas.

Los minutos transcurrían a cámara lenta y llevaba ya 10 minutos esperando la asistencia médica que vendría con la ambulancia. Al fondo, en un runrún discreto, se oía la televisión que Sergio había puesto bajita, por no molestar, pero no se oía ningún sonido más. La madre se levantó de un brinco, sobresaltada, y salió al salón donde estaba puesto en la tele un canal de dibujos animados, de esos que le parecían todos iguales pero que sus hijos tenían perfectamente catalogados. Aparentemente, el niño, sentado en el sillón de espaldas a la puerta, miraba la pantalla pero algo raro pasaba, cuando llegó a su altura, confirmó sus peores sospechas; el cuerpo del niño estaba ahí, pero sus ojos completamente abiertos y sin la mirada vivaz de siempre, decían que dentro no había actividad alguna.

Inés se desplomó de rodillas, presa de una desesperación estéril, sin saber si llorar, gritar, dejarse llevar ella también por lo que quiera que fuese, luchar por no ceder o pensar alguna alternativa nueva que lo explicase. Optó por llamar al 112, como le habían recomendado y preguntar por Sara, que tan amablemente le atendió antes.

-Hola, soy Sara, qué sucede.
-Mi Sergio también está igual que el pequeño, no reacciona a nada.
-¿Cuándo ha sido?
-No sé, hace un minuto o dos.
-¿Ha hecho algo especial, algún movimiento o ruido o cualquier cosa distinta?
-Yo estaba en la habitación con el pequeño y él en el salón viendo la tele, me ha dado cuenta ahora que he salido.
-De acuerdo. El equipo de Intervención Rápida no creo que tarde, tiene la base un poco lejos de usted pero van a toda velocidad. Manténgase todo lo activa que pueda pero deje la puerta abierta por si, cuando lleguen, usted está también afectada. Sigo a su disposición a este lado del teléfono.
-Gracias ¿no hay nada que yo pueda hacer?
-Hasta que no se evalúen los casos no sabremos exactamente de qué grado de afectación se trata ni, como es lógico, la dosis ni el modo de administrar el tratamiento. Tenga un poquito de paciencia.
-No es tan fácil...
-Lo sé, usted inténtelo.
-Gracias, Sara
-Ánimo- Sonó un frío clic y volvió la soledad.

Entretuvo el tiempo de espera yendo del saloncito a la habitación, administrando, ya con más contención, las lágrimas artificiales, echando un fugaz vistazo por la ventana, tomando el pulso y poniendo el dorso de la mano en la frente de los ausentes para detectar cualquier incremento de temperatura y, tras otro vistazo en espera de la ambulancia, vuelta a empezar.

A los 15 minutos, más o menos, de la segunda llamada escuchó por fin la ansiada sirena, primero en un rumor lejano que fue ganando en intensidad y estridencia a medida que se iba acercando.  Inés salió al portal y abrió la puerta de la calle justo en el momento en que llegaba la ambulancia y... pasaba de largo sin siquiera frenar un poco. Sorprendida, tardó un par de segundos en reaccionar pero rápido salió a la calzada y empezó a hacer gestos ostensibles con los brazos para llamar la atención del conductor. El vehículo torció por la primera bocacalle a mano derecha y la mujer dedujo que, con las prisas, se habían pasado de largo pero darían la vuelta a la manzana y volverían otra vez.

Los sonidos se fueron alejando en la misma medida que se aproximaron; derrotada, desanimada, agotada e incapaz de hacer nada por remediarlo, se dejó caer en el escalón que daba entrada al portal, notó como las lágrimas, estas sí, auténticas, brotaron a borbotones de sus ojos y apoyó la cabeza en la loseta de imitación a mármol de la pared...

Una furgoneta blanca, aséptica y discreta, aparcó en la misma puerta sin hacer ruido. Se abrieron sus puertas y bajaron una mujer y un hombre jóvenes, ataviados con batas azules que, de un vistazo, identificaron a Inés como otra víctima afectada por el virus. La sentaron en una práctica silla plegable con ruedas y la introdujeron en la casa abierta donde esperaban los otros tres “durmientes”.  Colocaron a todos en el sofá, abrieron su funcional maletín negro, sacaron unos cables que enchufaron a una toma común conectada al puerto USB de un portátil de última generación. Cada uno de estos cables fue conectado, a modo de auriculares, a los oídos de los afectados y se pusieron a la tarea de pasar el antivirus.

El nuevo virus Wannasleep ya había infectado a mil millones de equipos humanos y subiendo...  ¡Malditos hackers!



domingo, 30 de julio de 2017

Hip, hip ¿Hurra?


Hip, …, hip, … hip, …

Si no fuera por este hipo ingobernable, tendría una digestión feliz. Más o menos como dicen que son los últimos días de embarazo: La tripa hinchada, sin un milímetro más de capacidad aprovechable, movimientos torpes a cámara lenta, imposibilidad de adoptar 9 de cada 10 posturas que permite el cuerpo humano y abotargamiento general… pero nadando en un mar de endorfinas que otorgan a la vida una sensación de placidez sin comparación. Vamos, que si ahora explotase una bomba nuclear, me daría gustito por la sensación de calidez que percibiría…

Hip, …, hip, … hip, …

Mi amigo Pedro, varado en el otro extremo del sofá, trata de encontrar hueco para un refrescante café con hielo pero no lo encuentra, con lo cabezota que es no descarto que termine esnifándoselo, porque si dice que se va a tomar algo, lo hace aun a riesgo de su vida y, si no, que le pregunten al camarero del garito de ayer, que se apostó la cuenta a que Pedro no se clavaba 20 gin tonics, de esos con ensalada y todo que sirven ahora y perdió estrepitosamente, 22 se metió para el cuerpo. Lo único que se le entendía al Pedro vegetaetílico que volvió tambaleándose conmigo al hotel fue: “No había comido tanto verde en mi vida…”

Hip, …, hip, …, hip, …

Estos cocineros tan buenos deberían estar prohibidos, cogen un puñado de alpiste para los pájaros, estopa de esa de los fontaneros y un despojo de carne que despreciaría un buitre hambriento y, ¡Tachán! Te sirven una delicia que terminas lamiendo el culo del plato por fuera. Y eso en los entrantes, el primer plato, el plato fuerte y, redoble de tambores, unos postres de morir de hiperglucemia gozosa. Así pasa, que mi mujer está mosqueada porque dice que con la humedad del mar encoge la ropa. Qué gracia tiene la jodía, que encoge la ropa. Lo único que encoge es la tarjeta de crédito, que cualquier día se me va a fundir en la mano como un tranchete.  Qué mala vida le estoy dando…

Hip, …, hip, …, hip, …

Dicen que el hipo se quita con un susto. Para nada; si no he palidecido de pavor al ver la cuenta, no lo haré en mi vida, pero, ¡qué coño! ya tengo once meses para andar mirando los precios, ahora voy a pulir hasta el último céntimo de los ahorros. Pensándolo bien, dicen que el hipo es una descompensación de ritmo entre los músculos que expanden y contraen la caja torácica para respirar y los movimientos del diafragma que los acompañan y complementan y que produce esa contracción incontrolada tan molesta y si se contrae es que algo de hueco me queda ¿no?. También dicen que el hipo se quita bebiéndose un vaso se agua sin respirar. No sé, un vaso de agua no me cabe pero probaré a beberme sin respirar un chupito de orujo de hierbas, a lo mejor…

Hip, …, hip, …, hip, …

Buenooo, ahora vienen los de Bilbao a buscarnos; parece ser que entre todas las bravuconadas de anoche, les desafiamos al mus con chulería, soberbia y el recochineo descarado con que se hacen esas cosas, recogieron el guante y llegan con ganas de cobrarse nuestras cabezas como trofeo. Les digo que me es imposible, que con este hipo cabrón no voy a poder hacer una seña en condiciones o, lo que es peor, va a parecer que estoy haciendo señas todo el rato y, ya sabes, en el mus puedes mentir todo lo que quieras con palabras pero hacer señas falsas está muy penado. Se han quedado pensándolo y asienten con la cabeza, saben que tengo razón.  Cuando estamos quedando para otro día, ya con más humildad, noto con alarma que se me ha pasado el hipo y, maldición, ellos también se han dado cuenta…



viernes, 28 de julio de 2017

No aguanta más...


Ministerio de Asuntos del más Allá 
Secretaría General de Seres Benignos
Sr. Jefe de Negociado de Hadas Madrinas

Muy estimado jefe:


El motivo de esta carta no es otro que el de comunicarle mi intención irrevocable de dimitir de absolutamente todos los cargos que ostento y renunciar a los bienes que, en usufructo, me fueron confiados en función de mi rango para un mejor desempeño de mis tareas.  Esta renuncia está motivada por las causas que a continuación enumero:


1.- Constante disminución de mi actividad debida a las, prácticamente ninguna, solicitudes de mis servicios por parte de los niños y niñas de todo el mundo.  Tengo la terrible impresión de que mi papel ha sido usurpado por un invento malévolo digno de una mente perversa que ellos llaman televisión y mis dudas casi desaparecieron cuando vi a una hermosa niñita que lloraba en un parque, me acerqué a consolarla y, como manda el reglamento, le ofrecí tres deseos, ella abrió mucho sus ojos y dijo: -Ya lo sé, un huevo Kinder-  Y ella tuvo que consolarme a mi.

2.- Una increíble merma, para mi gusto, en la calidad de las peticiones:  Ese espíritu romántico que presidía cada demanda de mi ayuda se ha convertido en un canto al pragmatismo más ortodoxo.   Ej.:  Después de varios siglos consiguiendo con éxito la asistencia al baile de adolescentes pobres con madrastra odiosa, ahora me piden una camiseta firmada por el cantante de moda, que suele ser un melenas malencarado, sin ninguna educación y rodeado de matones.

3.- Unos medios obsoletos para la práctica de mis funciones;  Sus cualidades estéticas no han dejado de ser espléndidas, distinguidas y hasta espectaculares pero me han causado más problemas de los que han resuelto, para las llamadas desde el campo ha resultado atractivo acudir con mi atuendo tradicional (salvo aquel desagradable incidente de "El Escorial" donde me confundieron con la Virgen), pero ya me gustaría a mi ver a la diseñadora de vestuario desenvolverse a las ocho de la mañana, en un vagón de metro abarrotado ataviada con el vestido blanco de gasa, el tocado de trenzas en espiral lleno de perlas, el gorro de cucurucho y pañuelo largo en la punta además de la célebre varita mágica brillante con el final en forma de estrella.  El lío de la cola del vestido en los tornos de la entrada no tendría importancia si, después, consiguiera resultar creíble pero es que ya me he tenido que esfumar dos veces de los guardias de seguridad.

4.- Los vertiginosos cambios políticos que se están produciendo en el mundo están terminando rápidamente con el, otrora, cuantioso número de Príncipes Azules.  La proliferación de repúblicas de nuevo cuño me obliga a tener que buscar mis candidatos en lugares ignotos del planeta con el riesgo de no dar siempre con el hombre ideal.  Famoso fue el caso de una campesina que mordió una manzana procedente de los restos de serie de la Bruja Mala y quedó profundamente dormida durante cincuenta días y cincuenta noches, los padres, gente sagaz, sospecharon algo extraño y me pusieron a trabajar.  Busqué infructuosamente por todas partes y al fin encontré un viejo príncipe pigmeo, ya desdentado y calvo;  Cual no sería la impresión de la muchacha al despertar tras el beso reglamentario que corrió a comerse el resto de manzanas.

5.- Ausencia de la más elemental cobertura legal, lo que crea problemas de indefensión ante denuncias, demandas, querellas o cualquier otra causa que pueda instruirse judicialmente contra mí. Recuerde los altercados con Greenpeace o las denuncias del SEPRONA a causa de la conversión de ranas verdes en príncipes encantados.  La indemnización al Lobo de Caperucita tuvo que salir de mi bolsillo, la agresión de la madrastra de Cenicienta quedó impune y para qué hablar de la demanda por plagio de la fábrica de muñecas Famosa con su Nanci Hada;  Siempre estoy sola ante el peligro.

Por las razones reseñadas y alguna otra de índole personal como pueda ser el cansancio acumulado durante mil trescientos cinco años de trabajo diario, sin unas míseras vacaciones, así como el hecho de que durante todo ese tiempo sólo he trabajado con niños o adolescentes y debe reconocer que eso quema un poco. Al mencionado cansancio habría que añadir una cierta dosis de hastío, aburrimiento, fastidio, disgusto, tedio, repugnancia, desgana, aborrecimiento, fobia, animadversión, tirria, manía, malquerencia, hostilidad, abominación, rencor, inquina, saña, aversión, encono, ojeriza y, en suma, odio a todo ser humano con una edad inferior a cuarenta años.

Espero que sepa comprender las razones que me han abocado a tomar esta decisión que, reitero, tiene carácter irrevocable, en su momento les mandaré mi nueva dirección para, en el último favor que le pido, gestionen la pensión que me corresponda y la remitan a mi domicilio.  He conocido a un chico majísimo, un tal Herodes y vamos a vivir juntos.

Atentamente,
El Hada Buena.





miércoles, 26 de julio de 2017

Del odio al amor hay un paso


Los que tenemos la obligación/afición de salir a trotar por ahí sin mediar provocación externa, aprovechamos unas horas muy razonables de las mañanas veraniegas para salir a corretear, sin poner en peligro nuestra integridad física ni mental con esos calores asfixiantes que apretan y mucho un poco más tarde. El rato entre las ocho y las ocho y media me parece particularmente agradable porque no necesitas darte un madrugón a la hora que se está más a gusto en la cama, y, cuando regresas, ya ha subido algo la temperatura, con lo que aceleras con gusto pero, sobre todo, no hay moscas. Deben estar todavía durmiendo o desayunando o calentando músculos o leyendo el periódico…, yo qué sé, el caso es que no dan por culo con esa pesadez contumaz de que solo son capaces las malditas moscas.

Hoy ha sido de esos días en que te levantas con aparente normalidad a la hora de siempre, haces lo mismo de siempre y cuando vas a salir, como siempre, miras el reloj y has debido tener un viaje astral o algo así, porque es casi media hora más tarde de lo habitual y no sabes cómo ha sido. Preso de estupefacción, me he calzado las zapatillas y he empezado el trote mañanero con algo más de calor de lo normal.  La primera mitad del recorrido ha sido tan agradable como siempre, por una zona umbría entre pinos, con leves cuestas para arriba o para abajo que amenizan mi deambular por el campo. Rompí a sudar, como de costumbre, hacia los quince minutos de carrera y ahí empezó todo a torcerse porque, al poco rato de la aparición del sudor, apareció ella, la “mosca cariñosa”.

Decir que se empezó a emplear a fondo en mi rostro y los diferentes orificios que lo adornan, sería un pálido eufemismo. Decir que mi pelo sudoroso supuso para ella un apasionante parque temático, sería no hacerle justicia. Decir que los pliegues mojados de mi cuello fueron los toboganes por los que se lanzaba hasta aterrizar en el elástico de mi camiseta no reflejaría verazmente la realidad. El dichoso insecto díptero se lo estaba pasando como en su vida mientras yo trataba de mantener el ritmo de la respiración, acompasado con las piernas, a la vez que manoteaba furiosamente en su busca, sin resultado. Incluso, en más de una ocasión, creí haber escuchado alguna tímida carcajada. La muy cabrona se estaba partiendo el culo a mi costa.

La vez que se coló por dentro de las gafas de sol me obligó a parar, quitarme las gafas, jurar en arameo un par de maldiciones dizque bíblicas y recuperar el paso mecido por el zumbido que, ahora, buscaba con curiosidad felina mi oído interno. Estaba ya encendidito perdido, al principio creí que me dejaría en paz cuando saliera de su zona, no fue así; luego que se cansaría de tanto revoloteo a toda velocidad, mala suerte, el bicho estaba en una envidiable forma física; después confié en cruzarme con otra persona, animal o cosa que llamara su atención, ni de coña, se estaba trabajando un monográfico o un estudio pormenorizado o una tesis sobre mi anatomía. No me dejaba tranquilo ni a sol ni a sombra, hasta tal punto, que yo tenía ya ensoñaciones sobre que se venía conmigo hasta casa, yo cogía el bote del insecticida y no la rociaba con él, no; la sacudía con el mismo bote hasta dejarla reducida a partículas subatómicas.

Embebido estaba en esos pensamientos asesinos, cuando enfilé la avenida que conducía a mi hogar, lo vi. Al principio no reparé mucho en su presencia pero, a medida que me iba aproximando a él, mi mirada lo enfocó con creciente precisión y fui consciente de que nuestra atención era recíproca. Era un vencejo adulto que estaba, bajo el alar de una marquesina, apoyado en su nido, del que asomaban y desaparecían tres pequeñas cabecitas que emitían un chillido estridente. A medida que me iba acercando se fijó en mí y, al llegar casi a su altura, emprendió el vuelo, remontó en el aire, realizó un giro vertiginoso seguido de un picado fulgurante y, prácticamente rozando mi desavisada nariz, hizo desaparecer de este mundo la mosca que llevaba torturándome toda la mañana. Mi primera reacción fue de alivio pero, mira tú por donde, después comencé a echarla de menos. Qué le voy a hacer, soy un sentimental y ya la había cogido cariño…




viernes, 14 de julio de 2017

Rebajas en la sección de Electrónica


“Hay que hacer algo con ese abuelo de blanco, lleva durmiendo desde que abrimos esta mañana y no tiene pinta de querer despertarse”, afirmaba  por el teléfono con voz nasal, muy de teleoperadora, la dependienta de la sección de electrónica. Cuando ella entró de turno ya estaba ahí, en una discreta butaca, al lado de los ordenadores portátiles, con unos cascos por los que no salía sonido alguno, enchufados a los oídos. “OK, allá voy”, terminó de escuchar y colgó el auricular.

Se acercó muy profesional y lo zarandeó suavemente, como evitando hacerle daño. El anciano abrió tímidamente los ojos y parpadeó repetidamente, buscando acostumbrarse a la luz, la clásica luz indirecta de los grandes almacenes. Miró desconcertado a la muchacha primero y a su alrededor después; no sabía dónde estaba, ni cómo se llamaba, ni qué día era y se le notaba en la cara de estupefacción. Instintivamente, trataba de abrir mucho los ojos, que habían ido empequeñeciéndose con los años, para que le entrara más información y poder ubicarse correctamente. Ojalá hubiera sido tan fácil, intentó hablar y ni siquiera eso podía.

La vendedora no pudo ocultar su preocupación, no sabía qué hacer y volvió a llamar pidiendo ayuda y, haciendo honor a su fama merecida, el equipo de socorro no tardó en aparecer más allá de dos minutos.

Para preservar su intimidad, desplegaron un biombo portátil que les permitía trabajar a salvo de las miradas indiscretas de los curiosos que se iban reuniendo alrededor. Al cabo de media hora, recogieron sus bártulos y dejaron al hombre sentado en el mismo sillón pero en actitud más despierta; algo lento de reacciones quizá, pero plenamente consciente de la realidad, la suya y la ajena.

El responsable del equipo de socorro mandó a sus compañeros a la base y se quedó en el mostrador, con la dependienta, rellenando el parte de trabajo. Ella, aún asustada, preguntó qué había sucedido. “Nada”, respondió él, “que este es un modelo que se nos había quedado perdido en un rincón del almacén durante varios años, sin sacarlo de su embalaje original, y ha ido quedándose obsoleto con la memoria vacía y la batería en stand by. Cuando llegó aparentaba ser un hombre joven pero su interfaz ha envejecido con él. Tiene intactas todas sus cualidades de fábrica pero no tiene las prestaciones de los modelos actuales, por eso está muy rebajado de precio. Si yo tuviese sitio en casa me lo llevaba, es ideal para cuidar a los niños o mandarle a hacer recados y está tirado de precio; imagino que lo vendrás enseguida, porque por ese dinero es un regalo”



domingo, 9 de julio de 2017

De la obligación y la devoción


Estos son mis momentos favoritos, te veo tumbada ahí, completamente desnuda y entregada.  Trato de apartar la mirada de ti pero es imposible, tu imagen está presa en mis ojos y un torbellino recorre mi espalda;  cuando rozo tu piel tengo que hacer un gran esfuerzo para no abalanzarme apasionadamente sobre tu cuerpo porque lo nuestro es la sutileza, la tuya y la mía, jamás me hubieras consentido la grosería como muestra de pasión y ese tampoco es mi estilo.

Comienzo por tus pies, acaricio sus dedos uno a uno, con detenimiento, haciendo una parada ceremoniosa en cada pliegue;  a continuación dejo descansar el pequeño pie entre mis grandes manazas y lo masajeo con firmeza inundándolo con mi calor, esas plantas tan frías deben ser terribles en la cama, puestas sobre el estómago en una noche de invierno.

Los dedos, ansiosos por avanzar sobre tus piernas se han aferrado ya a los tobillos pero yo los obligo a retroceder y frotar las leves durezas de los talones.  Lo que os hacen sufrir los zapatos a las mujeres.

Mientras pensaba en la tortura del calzado mis manos han aprovechado el descuido trepando con suavidad hacia las pantorrillas con un roce suave, casi imperceptible, que transcurre del empeine a la rodilla y del talón al interior de tus muslos.  Por cierto, que graciosa resulta la sensación de percibir el tenue pinchazo del vello que asoma por algunos poros.

Una vez instalado sobre tus rodillas, resulta ya imposible contener el galope de mis dedos buscando el vértice de los muslos y, en un ejercicio de masoquismo, castigo a mis ojos a hacer el recorrido contrario buscando cada matiz que me hable de ti y veo las uñas de los pies pintadas de rojo intenso, te gusta ir descalza.  En la blanquecina piel de las espinillas se aprecian las huellas de una infancia alegre y en el marfil de tus corvas unas pequeñas venillas moradas proclaman tu reciente maternidad.  Y sigo estudiando cada peca, cada señal, como si quisiera aprenderte de memoria.

Las manos no tienen sentimientos y, mientras me emociono observándote, mis dedos juegan al escondite en tu pubis.  Que suave y sedoso es este vello y, a ambos lados de tu hendidura, una pelusilla rubia que, con la luz, forma un halo de magia.  El olor del jabón amortigua el natural, almizclado, excitante y turbador.  Siento tentaciones de ir a por los trastos de afeitar pero no lo voy a hacer, no soy un pervertido.

Con la pena del soldado que abandona su casa rumbo a la batalla, mis manos siguen vientre arriba, palpando a cada instante, a cada paso y cuando, con parsimonia descubren la perfección de tu ombligo, comprenden que ya han pasado el punto sin retorno y no habrá lugar para el arrepentimiento, la morbidez de tu cuerpo obliga a un trabajo concienzudo.

Y de la cintura paso a tus manos y mis dedos, al encontrarse con los tuyos aprenden lo que es el desconcierto de tenerte, a la vez, tan cerca y tan lejos.  Esas uñas triangulares pintadas, como en los pies, de rojo, son diez señales de peligro y, el hecho de haber llevado anillos en todos los dedos y pulseras y reloj en las muñecas, da a tus manos el delicado aspecto de porcelana policromada.  Los brazos son dos toboganes a los que me lanzo para buscar tus hombros y éstos, el trampolín para acceder a tus pechos, firmes aún pero también un poco descolgados hacia los lados por el peso.  Otro síntoma de maternidad.  Instintivamente acerco los labios al pezón que corona la areola sonrosada y creo notar el sabor amargo de la leche materna.  Será mi imaginación porque ese pecho ya dejó de alimentar un bebé.

Por fin entro en mi zona predilecta, el cuello, la parte más elegante y sensual de una mujer;  cualquier sentido que emplees será acertado aunque mis preferidos sean el tacto y el olfato, sentir la nariz persiguiendo a los dedos de la nuca a la garganta zigzagueando entre el hombro y la oreja es un placer reservado a unos pocos elegidos y yo soy uno de ellos.

La cara ya es otra cosa porque sólo se la puede mirar, un beso o unas caricias, si no obtienen respuesta se vuelven contra ti mismo, son una ceremonia de frustración y, en tus ojos azul descolorido puedo leer que nunca me darás contestación.

Tras darte un corte en la garganta de parte a parte y otro desde el pecho hasta el pubis has perdido todo tu encanto.

Este es el drama de ser médico forense.


Terapia


Durante toda la semana le habían estado molestando las cervicales o los músculos del cuello o lo que fuera, pero había movimientos que tenía proscritos en defensa propia, salvo que quisiera tener un alicate retorciéndole el cogote para el resto del día. Hacía esfuerzos por permanecer erguido y vencer la tendencia natural de su cuello de proyectarse hacia delante, como los buitres y, cada vez que estiraba el pescuezo para arriba, una serie de crujidos le recordaban el número de vértebras que corrían el riesgo de descoyuntarse dejándole tirado en el suelo, definitivamente insensible a estímulos, igual que una jarapa raída y arrugada.

Hollar el fósil de moqueta floreada que aún quedaba a la entrada del local, le recordaba lo que hace un tiempo fue y tenía un efecto balsámico en su maltratada estructura ósea: a medida que se adentraba en el pasillo, el dolor disminuía hasta diluirse en un recuerdo prescindible, del mismo modo que las paredes enteladas en los tiempos de la Guerra Fría, atesoraban aromas de tabacos de todas las épocas y modas, efluvios que el cerebro ya se había acostumbrado a ignorar. El trayecto de entrada tenía un algo de rito iniciático que se sabía superado cuando, los cuatro metros de bajada, desembocaban en el salón, mucho más amplio de lo que auguraba su angosto acceso, mucho más pequeño de lo que le gustaría a su dueña, una señora de edad indefinida que contaba, sin mediar provocación, que en sus años mozos había sido grupie de Sinatra.

Siempre sonaba la música, ya fuera sangrante o enlatada aunque, como mandan los cánones, un cuarteto de jazz en esa tarima de cuatro por cuatro metros, embrujaba para siempre todas las almas que por allí habían pasado, ya fueran en cuerpos presentes o ausentes. Instalaba un resorte en el cerebro que invitaba a llevar el ritmo silencioso con un leve movimiento del pie, en cuanto le llegaban cinco o seis notas aparentemente desordenadas. Él, como su carácter, siempre a la contra, no era de llevar el ritmo desgastando zapato y su naturaleza le desviaba el diapasón a la cabeza, que adquiría una cadencia ondulante sincronizada con las escobillas que acariciaban los parches de la escuálida batería. Al rato, todo él se cimbreaba elegante como un hombre orquesta imaginario y las miserias de su castigado esqueleto quedaban archivadas en la carpeta de ofensas olvidadas. Efecto terapéutico del jazz, lo llamaba él.

El sabor amargo y tibio, trasmitido por una pajita babeada, que dejaba en el paladar el último trago de una copa, era rápidamente reparado por la frescura del vaso siguiente, cuyo proceso se repetía seis o siete veces en una noche, entreverado por comentarios pretendidamente ingeniosos al camarero, sobre el peligro de administrar alcohol generosamente en la barra, combinado con la prudencia obligada sobre ruedas. Estos comentarios se sucedían cada copa, cada noche, cada semana y cada mes desde hace años. Desde aquel día.

Porque sí, hace unos años, demasiados quizá, fue algo parecido a un hombre orquesta, pero ya no cogía las baquetas con estilo de Nueva Orleans, ni soplaba el saxo buscando la clase de Charlie Parker, ni rasgaba la guitarra como Django Reinhardt, ni acariciaba el piano emulando al inimitable Thelonius Monk; sus manos retorcidas como sarmientos solo alcanzaban a pulsar el enorme botón que activaba el teléfono o ejecutar los simples movimientos del joystick de la silla de ruedas de última generación, mientras repetía en su mente el comentario ingenioso sobre el peligro de administrar alcohol generosamente en la barra, combinado con la prudencia obligada sobre ruedas, que alguien ignoró hace años y él no volvería a olvidar.





sábado, 8 de julio de 2017

Excrecencias


Cuando fui al médico reconozco que lo hice un poco acojonado; me estaban creciendo “cosas”: uñas, pelo, dientes, opiniones, … y lo hacían de modo desordenado y abundante. El doctor, tras un concienzudo reconocimiento de mis extensiones corporales y mentales, me preguntó por antecedentes familiares y prescribió una analítica completa de sangre, orina, saliva e ideas. “Pero, qué es lo que tengo, doctor”, pregunté un el hilillo de voz que permitía mi compungida garganta. “Excrecencias”, dijo él con seguridad y me calmé bastante. Porque excrecencias es una palabra que no suena mal, no tiene esa pátina solemne que augura algún tipo de sufrimiento y que acompaña a los tradicionales términos médicos, ya sabes, esos que, invariablemente, terminan en “itis”, “algia” o los peores “oma”. Excrecencia era una palabra que no dolía, que se podía tolerar.

Para terminar de tranquilizarme, en cuanto llegué a casa busqué la dichosa palabrita en el diccionario: Excrecencia: Del latín excrecentia. Femenino. Protuberancia, generalmente carnosa, que se produce en animales y plantas, alterando su textura y superficie natural.  No sé yo, pensé. Pasé los dedos por la piel del antebrazo para detectar posibles alteraciones de la superficie y me pellizqué en la tripa con un poco de fuerza para comprobar la textura pero nada, salvo un poco de dolor momentáneo, no detecté nada que pudiera augurar ningún cambio reseñable y mucho menos una protuberancia, lo que quiera que sea una protuberancia. De vuelta al diccionario, resultó ser una prominencia más o menos redonda y, tras una nueva consulta, descubrí que se trataba de una “elevación de algo sobre lo que está a su alrededor o cerca de ello”. En resumen, para no aburriros: lo que el médico me había dicho técnicamente, es que yo sobresalía por encima de los que había a mi alrededor; o sea, que me crecían esas cosas porque sobresalgo de los demás o que sobresalgo de los demás porque me crecen esas cosas, que eso todavía no lo he aclarado.

Desde entonces vivo feliz, consciente de mi superioridad. Pertenezco a esa selecta parte de la humanidad que destaca sobre el resto, simple plebe que me rodea. Tolero sus naturales limitaciones condescendientemente y trato de impartir mi espontáneo magisterio con discreción para no asustarles, que el miedo les convierte en seres huidizos, cuando no peligrosos y así no hay forma alguna de transmitirles sabiduría.


Alguien, algún día, en algún sitio, será consciente de mi esfuerzo y lo reconocerá como merezco.

El Analista Sarcástico de Medios propone para hoy...


Estados Unidos y Rusia acuerdan un alto el fuego parcial en Siria
Lo que demuestra dos cosas: Que la guerra en Siria es una cuestión interna de los sirios de la que se aprovechó Isis para conquistar territorio y que, vista la alternativa, Rusia seguirá contando con un puerto franco en el Mediterráneo oriental y aquí no ha pasado nada.

El Gobierno, sobre el diálogo con Cataluña: “Para bailar el tango hacen falta dos”
Pues para bailar la sardana…

Altsasu se vuelca con los acusados de terrorismo: “La Justicia se tambalea”
¿La Justicia se tambalea? Coño, como todos los implicados en la pelea de borrachos de Altsasu…

Los salarios han perdido un 3 %, unos 700 euros, desde el año 2008
Esta estadística tan falsa como interesada, para desmentir la necesidad imperiosa de una subida de salarios, tiene su parte de verdad: El titular se refiere a cifras anuales, pero el descenso de 700 euros, en la mayoría de los casos, es mensual.

Ciberdelincuentes burlan la seguridad de centrales nucleares de EE.UU.
Si este grave caso se hubiera dado en España, los titulares hablarían sobre Venezuela; como ha ocurrido en EE.UU., hablan de Corea del Norte…

La UE pide “vigilar de cerca” la compra del Popular por el Banco de Santander
Cuando una institución tan “pasada de todo” como la Unión Europea exige máxima vigilancia, quizá sea porque no ven la operación demasiado limpia. Exactamente como los accionistas e inversores del Popular. Panda de paranoicos…

Una gran tormenta obliga a cancelar 16 vuelos y a desviar otros 24 en Barajas
Bienvenido al Aeropuerto Internacional Jacques Cousteau-Adolfo Suárez- Madrid Barajas

En Francia solo se venderán coches eléctricos a partir de 2040
Algún dirigente de las eléctricas españolas, se ha puesto perdidos los pantalones solo con leer el titular.

A punto de desgajarse de la Antártida un iceberg 10 veces más grande que Madrid
Trump, relajado, constata que no le faltará hielo para su whisky de media tarde

En Murcia: Multas de 750 euros por jugar a las palas u orinar en el mar
Lo del afán recaudatorio está claro, lo que no termino yo de ver es cómo van a constatar que alguien está orinando en el mar (salvo que lo haga desde el trampolín).